Apego Seguro en Edades Tempranas

El desarrollo emocional en los primeros años sienta las bases para la salud mental humana.
Hemos escuchado frecuentemente la palabra “apego”, habiendo una gran cantidad de significados alrededor de ella, incluyendo algunas implicaciones negativas. La realidad es que el apego en los pequeños cumple una función importante y, contrariamente a las lo que dicen las connotaciones negativas de la palabra, su presencia en la vida del niño es fundamental y es la base de una serie de aprendizajes de éste en torno a la vinculación con los otros.

 

Dicho ello, nos podemos preguntar ¿qué es el apego realmente?, ¿es normal?, mi hijo esta apegado a mí ¿esto está bien?, ¿por qué ocurre?, ¿El apego influye en su adaptación al colegio?.

Para responder a todas estas preguntas, un grupo de psicólogos han estudiado la serie de respuestas conductuales y emocionales que manifiestan los niños ante la presencia o ausencia de sus padres o cuidadores; a este patrón estable de conductas y emociones se le llama “apego”, que para los pequeños no es más que mantener una relación cercana con otra persona. Entonces, el apego constituye las primeras relaciones que todos los niños (si, todos) desarrollan con sus cuidadores principales, como su madre, padre, niñeras, abuelitas… quienes serán los encargados de responder a sus necesidades cuando aparezcan.

 

Esto comienza muy temprano en la vida de nuestros niños, desde que nacen, el apego aparece para garantizarles su supervivencia, ya que no pueden satisfacer sus necesidades básicas por sí mismos, deben poder relacionarse con una persona que sí pueda satisfacerlas, desarrollando entonces formas de comunicación con los cuidadores que les digan lo que requiere en el momento. Estas conductas incluyen el llanto, el contacto visual, el balbuceo, el llamado, las inspecciones auditivas de su ubicación, los intercambios de saludos, la sonrisa, la búsqueda de contacto físico. Ante este tipo de conductas, se espera del adulto una respuesta que le permita al niño satisfacer su necesidad del momento y sentirse seguro de que su cuidador está disponible, receptivo y conectado a ellas.

 

Entonces, el apego cumple dos funciones básicas: favorecer la supervivencia del niño (manteniendo unidos al niño y los padres) y proporcionar seguridad emocional. Para cumplir estas funciones básicas, proteger y proporcionar seguridad, el apego se manifiesta en nuestros niños a través de lo siguiente:

  • Buscar y mantener la proximidad con la madre o el padre.
  • Resistirse a la separación y protestar si se produce.
  • Usar la figura de apego como base de seguridad desde la que se explora el mundo físico y social (el niño se atreve a explorar el mundo con la figura de apego cerca)
  • Sentirse seguro buscando en la figura de apego el apoyo emocional a la hora de dificultades.

 

Entonces sí, si es normal que el bebé llore cuando se separa de mamá o papá, si es esperable que al comenzar el preescolar se aferre a mamá antes de bajarse del carro, si es normal que ´quiera con mamá’ o que corra hacia ella cuando algo le pasa, cuando se cae en el parque o cuando lo empujan y quiere llorar. Todo eso significa que tiene un apego seguro, que ha logrado identificar a mamá como una figura disponible para atender sus necesidades, no solo básicas sino también emocionales. Y así, todo vínculo de apego seguro que el niño pueda desarrollar con su cuidador resulta en sentimientos de seguridad del mundo que les rodea y confianza en sí mismo.

 

Funciona así: el niño tiene una necesidad emocional (se cayó, tiene hambre, quiere un abrazo), sabe que mamá o cuidador va a estar allí para satisfacerla, busca el contacto para ello, consigue lo que necesita (lo alimentan, le dan cariño, lo protegen), crea un aprendizaje de que el mundo es un lugar satisfactorio y seguro para él; y por último ese aprendizaje no se queda en los otros, sino que se generaliza a sí mismo, generando confianza de que es una personita importante, de que merece ser escuchado y validado. Así, repitiendo estas acciones de forma consistente en la vida del niño, éste forma su visión de sí mismo y su visión del mundo, no solo en la infancia, sino que se extiende hasta la adultez.

 

También, estos lazos que el niño desarrolla con su madre y cuidadores en edades tempranas continúan existiendo a lo largo del tiempo; por eso cuando hablamos de `apego` estamos hablando de un aspecto principal en el futuro desarrollo de las relaciones emocionales de nuestros hijos, una guía y modelo para relacionarse con sus familiares, maestras, pares y parejas en la adultez. Esta es la base que le va a permitir desarrollarse socialmente, internalizando a los otros como fuente de cariño, confianza, amistad e intimidad.

 

Volviendo a los pequeños, el apego se desarrolla desde el nacimiento y está especialmente presente entre los 9 meses y los 3 años. El momento en que nuestros pequeños experimentan un vínculo de apego más fuerte es alrededor de los 2 años, produciéndose un alto nivel de protestas ante la separación de la figura de apego y la aparición de personas nuevas o extrañas. Esta etapa coincide con el comienzo del preescolar, el cual supone la primera salida de nuestros niños de su entorno más próximo, el momento de empezar a asimilar los diferentes aprendizajes y, lo que es más importante, el inicio de la relación con otros niños. Lo ideal es que los primeros contactos se produzcan en compañía de la madre u otras figuras de apego por tiempos breves para posteriormente irlo dejando sólo más tiempo.

 

Un punto importante a tener en cuenta es que a edades de 1 o 2 años, el niño no dispone de madurez suficientemente para interpretar que la separación de su madre es un hecho temporal. La separación de la madre es vivida, en un primer momento, como una pérdida real e irreparable (no entiende que más tarde vendrá a buscarlo) y los mecanismos innatos de supervivencia se ponen en marcha (llanto, pataletas, etc.).

 

A esto le llamamos ansiedad de separación y todos los niños pequeños la sufren en algún momento dado al separarse de mamá, hasta que reconocen este nuevo lugar como seguro y se apegan a otras figuras, como sus teachers; a la vez que van entendiendo que la separación de mamá es temporal. La calidad del vínculo que seamos capaces de crear con nuestros hijos de forma temprana (primeros meses y años de vida) influirá directamente en la intensidad de la mencionada ansiedad por separación. Contrario a lo que se cree, mientras más fuerte el vínculo y más seguro el apego más fácil será para el niño comprender que la separación es temporal y más confianza tendrá en otras personas que luego se podrán incorporar a sus cuidadores de confianza o figuras de apego; ya que tendrá esta visión del mundo como un lugar acogedor y seguro.

 

Al conocer toda esta información y la importancia del apego en nuestros hijos como el primer vínculo emocional que desarrollan, nos podemos preguntar ¿cómo desarrollamos un apego seguro con nuestros niños?

La respuesta se escribe sencilla, pero no lo es. El determinante más directo del apego es la calidad de la relación madre-hijo. El apego seguro en un niño surge cuando su cuidador o cuidadores principales se muestran:

  • Sensibles.
  • Cálidos.
  • Acogedores.
  • Atentos a sus necesidades.
  • Con capacidad de estimulación.
  • Capacidad de equilibrar el control y la autonomía del niño.
  • Apoyo intelectual y emocional al realizar las tareas.

 

Contacto físico positivo: cargarle, mecerlo, cantarle, alimentarle o abrazarle. Con ello se liberan algunos neurotransmisores (endorfinas, oxitocina, serotonina) que fortalecen el apego en nuestras estructuras cerebrales.

 

La palabra que resumiría todo ello es la presencia continua en la vida de nuestros hijos. Brindarles un entorno familiar estable, del cual hablamos ampliamente en nuestro articulo Familias felices, hijos felices, ya que la familia es el primer entorno social al que tienen acceso nuestros pequeños, el cual luego se convierte en su referente, por lo su papel es crucial a la hora de guiar la futura interacción del niño con su entorno.

 

Sabiendo esto, nos podemos preguntar ¿qué pasa si no puedo estar continuamente presente en la rutina de mi hijo? ¿qué pasa si me apoyo de niñeras o familiares que lo cuiden? ¿mi hijo no desarrolla apego?

La respuesta es que, al ser el apego una respuesta evolutiva vital para que el niño satisfaga sus necesidades tanto físicas como emocionales, el niño siempre va a desarrollar apego a alguna figura cuidadora. En primera instancia es mamá, pero puede ocurrir con cualquier persona que desempeñe el papel o funciones de madre, ya sea hombre o mujer. Entonces, el vínculo del niño con su cuidador (que ahora sabemos que se llama apego) va a existir, lo que debemos cuidar especialmente es la calidad de éste.

 

En principio, lo recomendable es que mamá sea la principal cuidadora del bebé al menos los dos primeros años, que, como vimos anteriormente, es el periodo donde el apego se desarrolla. Si mamá requiere apoyo, que este sea secundario u operativo, ya que lo ideal es que la mamá sea esa figura de apego que el niño reconoce. Como sabemos, este vínculo dura el resto de la vida, siendo el modelo y guía del niño sobre cómo vincularse, enseñándole las primeras cosas sobre sí mismo y el mundo.

 

Aun así, si no es posible que sea mamá la principal cuidadora, debemos garantizar cuidadores de calidad, con los cuales el niño se sienta seguro y atendido, que sean capaces de formar este vínculo con él. Igualmente, el niño puede apegarse a más de una figura, pueden ser hasta 4 o 5 personas reconocidas por él como fuente de satisfacción de sus necesidades, por ello existen algunos momentos privilegiados para la formación del vínculo afectivo entre el niño y sus padres; en caso de que estos no puedan estar continuamente en su rutina. El momento en el que el niño va a dormir puede suscitar una serie de interacciones cargadas de afecto muy adecuadas para la formación del apego.

 

Por último, no podemos dejar de mencionar los amplios beneficios que se han estudiado en los niños que han desarrollado tempranamente un apego seguro. En la infancia este vínculo provee el mayor vehículo para su desarrollo físico, emocional y cognitivo; lo cual les permite actuar, comprender la realidad, predecir el futuro y establecer metas. Es en este contexto que él bebe aprende el lenguaje y las conductas sociales necesarias para un desarrollo saludable. Más adelante el niño tiene modelos positivos de sí mismo y de otros, niveles más elevados de autoestima y autoconfianza, alta estima por los otros, buscando un balance entre la cercanía y la autonomía. En la adolescencia y adultez sus relaciones amorosas se caracterizan por la felicidad, la amistad y la confianza, creen que los demás tienen buenas intenciones y que el amor de pareja es duradero.

 

El desarrollo emocional en los primeros años sienta las bases para la salud mental humana.

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